PENSAMIENTOS PROFUNDOS

Mi poesía no busca belleza
Ni busca razón.
Sólo vuestra sugerencia...
Y moveros en alguna pasión.

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ALEJANDRO DUMAS Y LA VERDADERA HISTORIA DE LA DAMA DE LAS CAMELIAS


Esta novela de tinte amoroso un tanto idealizado, no es simplemente un relato de carácter romántico, sino que a su vez, el escritor nos presenta parte de la realidad de una sociedad en un momento dado de su historia. El autor nos introduce en un ambiente del París del siglo XIX, aquél en el que bullía por sus calles un cuadro de tipo cortés y aristocrático, y nos esboza en unas maravillosas pinceladas las costumbres cotidianas de esa parte tan privilegiada como era el círculo noble y señorial de su época,en la que la gente adinerada se daba cita en los teatros públicos, y en los salones privados de sus lujosas mansiones, a los que acudían personajes ilustres del mundo artístico, político y literario.
La realidad nos la presenta el autor, con rostros altivos pavoneándose por las rues parisinas con expresiones arrogantes y vanidosas.

Alejandro Dumas que no pertenecía a esta refinada esfera social, se enamoró perdidamente de una cortesana, cuyo nombre verdadero era Alfonsiona Duplessis ,que recorría los mejores salones de París, y que se haría célebre por su exquisita compañía, su belleza, la vivacidad de sus ojos y una encantadora sonrisa.
Su hermosura, aparecía representada por una línea delgada en su figura y con una tez muy pálida que resaltaba del color oscuro de su cabello, estilo que estaba muy de moda por aquél
entonces, pero que en Marie Duplessis, no representaba sino la larga y dolorosa enfermedad que padecía, la tuberculosis.

El idilio que ambos mantuvieron fue algo tormentoso, pues ella siguió rodeada de amantes, llevando una vida demasiado licenciosa para su grave enfermedad. Así pues, en una fase de separación de la pareja, Marie Duplessis falleció, y Alejandro Dumas, que sólo pudo acudir a su entierro, se encerró en su dolor, y en el período de un año salió a la luz su libro La Dama de las Camelias, en el que supo plasmar con objetividad los prejuicios sociales establecidos sobre en este caso las cortesanas de la época que aunque para algunas consistía en una forma fácil de obtener dinero, para la gran mayoría era una única salida de poder subsistir sobre todo en un mundo de
hombres, en el que la formación cultural quedaba relegada a un grupo minoritario de mujeres.

La novela de Alejandro Dumas tuvo tal éxito, que tuvo que editarla de nuevo adaptándola
así al género del teatro, y posteriormente, el célebre compositor italiano Giuseppe Verdi, la inmortalizaría con el título de La Traviata, pasando a ser una de las mejores obras operísticas del gran músico, formando parte de su famosa trilogía popular romántica de Rigoletto y Il Trovatore.




ALEJANDRO DUMAS Y LA DAMA DE LAS CAMELIAS (III)


Estoy segura que el estado emotivo en el que comencé a encontarme, se correspondía a la seriedad del asunto, ya que la gran Dama de las Camelias se estaba muriendo y Alejandro no se encontraba cerca de ella para su consuelo.
Busqué por todos los medios la manera de dar con su paradero, y al final, hallando a uno de sus amigos en el café que ambos frecuentaban, logré que saliera un emisario en su busca para que le pusiese al corriente de la inesperada gravedad de Madame Duplessis, y lógicamente queridos compañeros, me vi en la obligación de contestar a la dama, como si fuera el verdadero autor, para que su enfermizo cuerpo, resistiera hasta su llegada.
Los siguientes renglones así lo muestran:

Apreciada flor de mi corazón:

Viendo el tiempo transcurrido sin noticias vuestras, tuve que partir con mi padre por tierras extranjeras por un asunto importante, pero que ahora, después que un enviado vuestro, me ha entregado vuestra carta, y en pleno abatimiento por lo que en ella me comunicáis, resuelvo ponerme en camino con la única esperanza de poder veros, y que me tengáis cerca en vuestro amargo dolor y lenta agonía. no desesperéis querida mía, que aunque mi cuerpo todavía esté distante de vos, mi alma sin embargo, se encuentra a vuestro lado, y cogiéndoos de la mano al oído os susurro palabras de aliento para que resistáis en este triste duelo...¿Podéis sentirlas ya, vida mía?
Tan sólo aguardad una o dos jornadas más y de nuevo estaré allí, acariciando vuestro rostro,y abrazado a vuestro ardiente cuello, pidiendoos que os quedéis conmigo y que no me abandonéis; pues ¡Ay de mi, sin vos yo que haría! no desesperéis, que seguro que ya pronto en vuestros brazos me tendréis.

Con todo mi más apasionado amor.

Alejandro


Y ahora me pregunto yo ¿Obré bien o no en toda esta trágica historia?
Después de todo Dumas no llegó a tiempo, pues su Dama falleció el 5 de febrero de 1847; tras recibir a pesar de su mala reputación los santos sacramentos, y en la más mísera de las soledades, aun habiendo tenido tantos amantes y amores...
Mas estoy segura que mi carta sí le sirvió de gran alivio y confortación, y sólo por ello, mantengo orgullosa el nombre(si es que alguien lo interpretara así) de impostora de Alejandro Dumas hijo.
Pude también estar presente de la misma manera que Alejandro en el sepelio de la infortunada Marie, aunque nadie, repito nadie, me vio; y nuestras lágrimas vertidas fueron el bálsamo que cubrió su taciturno féretro, todo él acompañado de las camelias más bonitas que pudierais nunca imaginar.


ALEJANDRO DUMAS Y LA DAMA DE LAS CAMELIAS (II)


Cierto es estimados lectores que no tengo otro remedio que deciros la verdad y nada más que la verdad, pues mi conciencia no queda tranquila, y ya que os he comenzado a contar esta bonita historia, me gustaría compartir con todos vosotros lo que en realidad sucedió después de leer la epístola de este enamorado escritor.
La fecha en que llegó a mis manos fue a finales de 1846 y no sabiendo muy bien que hacer con aquella carta que había estado a la intemperie durante una larga temporada, me dirigí al domicilio para entregársela en persona al mismo Alejandro Dumas; al preguntar por él un criado suyo me comunicó que se encontraba en un viaje con su padre por España y Argelia, por lo que decidí llevármela a mi casa sin decir nada de este asunto. Aún pasaron semanas y hasta yo diría meses, cuando de pronto me propuse realizar una copia lo más exacta posible aunque de mi puño y letra, quedándome de este modo con el original, y enviársela a su destinataria, es decir a Madame Duplessis, aunque cambié la dirección del remitente y así pudiera recibirla yo.
¿Quizá fue esta otra segunda falta mía? Me temo que sí, pero como ya no puedo cambiar el destino de nadie, y mi aflicción se hace cada vez más insoportable, sólo me queda el consuelo de que alguien más lo sepa.

A finales de enero de 1847 recibí pues la contestación de nuestra protagonista, podéis imaginaros, otra carta de amor para Alejandro, escrita por Marie aunque con una caligrafía un tanto difícil de comprender, y que dice así:


¡Oh amado Alejandro! Si tan sólo pudiera yo teneros a mi lado, pues mi debilidad apenas me deja escribir y pensar con claridad, aunque sí todavía puedo sentir, sentir vuestro amor y vuestra gran pasión por mí; vos, que tantas veces habéis tenido que perdonar mi descalabrada vida, mis excesos y mis vicios.
Querido mío, la fiebre no sólo no disminuye sino que aumenta cada día más, y la sangre fluye por mi boca con cada golpe de tos que me azota.
Siento que mi hora se acerca, y no estáis conmigo; me siento sola, mis flores se marchitan;¿Quién las cuidará ahora? Mis deudas se han agravado y los acreedores no dan reposo ni a una pobre moribunda llamando constantemente a mi puerta para embargármelo todo.
Confío en que vengáis urgentemente, pues me falta hasta el aliento y mi corazón no dejará de palpitar hasta que os vuelva a ver.

Presentaos cuanto antes adorado mío que mi alma ya se aleja.

Vuestra Marie.